Su vestido era corto como para notarlo, y me hizo un
encargo, quisiera acordarme de qué... pero cuando me siento frente a un plato
no como, hablo y hablo, así que me tuvo que dar de cenar, no quiso postre, y
tras compartir un par de confesiones de 40 grados, y un taxi de 200, digo yo que porqué se
me ocurriría llevármela del sofá, tras un momento de desconcierto su tono
cambió, ese tono que le suma valor a la penumbra, que te hace imaginar que sus labios solo suben y su vestido se cae con la caraja.
Se quedó boca arriba y decidió dar de sí la pechera de mi camiseta, que
la noche había sido larga, el garrafón del bueno, la cena regular y aún teníamos que desayunar.
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