Que las sorpresas te cogen a contrapié, no es una sorpresa en sí, se trata de que nunca te esperas lo que ocurre inesperadamente, fíjate tú.
Es una gozada que estas cosas sucedan, sobre todo si tienen un mechón de tu melena.
Que raras son las cosas, como cambia todo en un segundo, en el minuto uno corres las cortinas para no ver nada, te da igual quien ande por la calle, pero en el minuto 2 corres agitado y casi infartado para tratar de observar furtivamente como se acerca.
Con el mentón bien alto, me voy comiendo los adoquines, bajo la vista y de milagro esquivo las farolas, no hay término medio; o me pierdo en la parsimonia dejada, o dejo el equilibrio en las curvas de tu cintura, en la estimulante caída de tu espalda, en tus labios de fantasía, en la partitura de la voz que me descuajeringa y atomiza.
No estoy buscando el sentido de nada, porque nunca lo hice, sólo traté de encontrar algo de luz en una calle que cada vez era más oscura, y que, yupi, yupi, yupi, yeah, ahora refleja casi con la magnanimidad de la luna… el incisivo y cálido vaivén de sus caderas al llegar.
Y cómo es la espera… la espera es el reflejo en la ventana, el aire en las cortinas, el vaso y el agua, la ceniza solitaria, el licor embriagador, la mecha, la explosión, la luna y el gratificante bocado a una manzana que si no está prohibida, parece y debería.