Hace ya algún tiempo, volaba en brazos del ciego amor, sentía que la mayoría de las cosas que me ocurrían a su lado avanzaban a velocidad super-lenta, me encontré cara a cara con mi igual, todo tenía su justa importancia y su correspondiente carcajada.
Tanto buen rollo, felicidad y risas de todos los colores tenían en la trastienda su Mr. Hyde particular, lo que llamamos desde entonces “romanticisko”, éste término responde a la necesidad de nombrar los pequeños desastres que se producían en los instantes más tiernos y románticos, como aquel…si, aquel que dejo el frénetico frenesí de una madrugada repleta de fuegos artificiales en risas cómplices tras el contacto de nuestras bocas…con demasiado ímpetu …si, romanticisko….
Y que me dices de los días en la playa, llenos de sol, humo, conversaciones a veces normales, y una fisura en su nariz, sólo trataba de enseñarla como sacar la cabeza del agua múúrráápido…ah, el romanticisko…
Aquello ya pasó, y se acabaron las miradas paralelas, el sofá para 2, la sorpresa porque en aquella peli tan mala ganaba el bueno, o la buena en la que nos destripábamos de risa porque el malo se llevaba el gato al agua, empezó a faltarme a quien alertar o pellizcar cuando me cruzaba con un chulazo, ahora todo vá muy rápido, quizá demasiado, o no, no lo sé.
La sensación descrita en la primera frase volvió hace un tiempo, con la diferencia de que no es mi igual, es caridad, son restos, así que haciendo caso omiso a mi necesidad de tranquilidad mental, y como buen suicida la estreché en mis brazos, utilicé para la ocasión la llave conocida como “aplastanator”, y justo cuando la sensación más placentera recorría mi cuerpo moví un brazo, señores, no lo puedo explicar con precisión, pero sus pendientes salieron volando, uno por oreja...of course…romanticisko.
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