Con la vergüenza por todo el suelo de la cocina veo que también hay orgullo apoyado en la entrada justo al lado de la puerta. El sofoco persiste aunque el orgullo permanezca.
Abro uno de lo paquetes del regalo, ¿que no era para mi?, el gozo me lo quedo.
Fregué los azulejos del cocedero y las láminas del pasillo, la satisfacción se quedó en dejar de notar la carne cocinada al horno, se me hizo raro porque las fechas navideñas pasaron hace semanas.
También extrañé no recibir ningún mensaje por caracola, los de humo no llegan porque se quedan entre nubes y despiste. Los de concha, sólidos, quedan como esperanza, nada mas que eso.
Me cuidan con tortilla de patatas, comida caliente y palabras que regalan esperanza.
Resoplo con esas palabras y me equivoco al escribir, al pulsar cada tecla, mucho mas que al comprar pan con guayaba.
"No me mires así las tetas". Llevaba las gafas empañadas y dudé por como enfrentar una frase más.
Un abrazo acabó con las dudas por el como, y sobre todo porque no se hagan ilusiones, cada uno en su casa y cada empañamiento con su pañuelo, se acabó.
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