El sábado me caí de la cama como si me hubieran matado, esa noche no conseguí pegar ojo y me esperaba un día largo y durante horas y horas pensé en mi fracaso más estrepitoso.
Mi intención era estar con ella en condiciones y dar un poquito de mi mejor cara; me dolía la cabeza, los ojos me hacían chiribitas y la sensación de estar despierto se repetía entre parpadeo y parpadeo cada 20 minutos, dios, menuda puta mierda.
Con 100 cañones por banda, la ducha y el café levantaron algún resorte que me llevó un poco más cerca de la boca del metro, empecé a sentirme mejor y con el paso más chulo y las manos en los bolsillos me dejé caer por la avenida.
A todo esto ya tenía algunas letras en las que me decía que salía, que salía de camino también, frotándome los ojos con la ilusión de un infante partí al punto de encuentro.
Me ahorro las miradas furtivas, soy un tipo atractivo y no puedo evitar ciertos comportamientos, no es cuestión de evitar, pero apabulla.
Tras la espera en esos pasillos tan...pues no lo sé, me gustan, pero imagino que me agradan porque ella siempre termina entrando por una de esas puertas, lo más bonito de aquel lugar es que aparece enfundada en sus pantalones negros con botón.
Tiene una piernas interminables, largas, da los abrazos más cálidos que puedes soportar con el sol de frente sin capacidad de soltarla. Si no hubiera sol, ni de frente ni de ninguna otra manera, tampoco la soltaría. Su contacto, su piel, su espalda firme, su pecho contra el mío... que ni me acuerdo porque esto es un adorno, no alcanzo a nada poco más allá de aquello aquel día.
Recortaré un poco morena porque no creo que todo lo que dijimos ese par de días deba ser repetido. Por repetir o querer volver a hacer, me quedo con los besos a los pies de la cama, con tu cintura en mis manos, con los ojos cerrados. Tú sentándome y llevándome de la mano encima de tí en una bonita secuencia blanca, como tu ropa interior, como tu piel sin ella muy poco después.
De veras que no recuerdo mi boca con más apetito, ni mis piernas toda la noche entre las tuyas, la almohada mojada, que bonita tu cara en penumbra y ese tono bajo de tu voz dando instrucciones, poniendo límites o pidiendo más, que decir de los quejidos, lamentos, el gusto cogido de la mano del gozo y las manos en la pared.
Hablemos por la mañana de que sale el sol, de que el bizcocho está esponjoso, que rico el café, mira hacia la tele y cuando me devuelvas la mirada resulta que anoche regamos la habitación con el desato y la desesperación que la tela con cada hilo pedía a gritos, con el amor que podemos darnos, con esas limitaciones que en el día a día sólo permiten expresar nuestro entusiasmo con los ojos.
Nada va a cambiar que nada cambia por el momento, pero tampoco que nuestros terremotos si que cambian el mundo y que tu también desearías quebrar el eje que nos hace girar desnudos besándonos, tocándonos y dejando que pase eso que tanto nos gusta. Ese delicioso olor que empaña las ventanas y las inunda de amor y fantástica física dejadez.