Pegaba de alma el puto sol, yo ya no sabía donde meterme.
Me escocían los ojos, me escocían las ganas de quedarme y mucho más las de irme.
Una noche a la fresca nos pusimos por encima una tela.
Me quemaba su bikini, la toalla que se llevó y todo lo que tenía que ver con aquella tierra en la que la sombra era algo así como una broma.
En otra negra madrugada, aquella terraza indiscreta dijo o escuchó mucho más de lo que se suele tratar por la mañana en la panadería.
De día a la luz del sol, verla bajo aquel suicidio tenía un poco de sentido. De vez en cuando me preguntaba algo, es un sol.
No voy a hablar de lo que no se puede porque las paredes ya lo hacen por si solas, y depende de donde des los pasos, así suenan los tacones.
Por otras calles, de ladrillo, lejos de lo de antes, eso si, con sopor y su mano con la mía volvimos a dejarnos llevar por lo que los muros secretos y las manos en la boca de secreto tienen poco.
Vienen las palmas de alegría, creo que fuimos a una aunque no nos sepamos los tiempos ni lo que pasa con el otro.
Vamos rápido sin saber nada, ¿buena carta?.
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