Entonces me tocó a mi, si, quedarme
con ojos de lechuza, y cara de acelga, un exceso de falta, y en aquel mismo
momento me sobró pared que mirar.
Las manos que me torturaron, la boca
que me maltrató, los ojos que sentenciaban, “de aquí no te mueves tú”.
Con una carrera en la media, uno de mis
pañuelos, y algunas de mis pulseras, sopló hacia el polvo de arena, y dejó que
volara bien lejos hacia fuera.
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