martes, 3 de mayo de 2016

Desde luego que no


Entonces me tocó a mi, si, quedarme con ojos de lechuza, y cara de acelga, un exceso de falta, y en aquel mismo momento me sobró pared que mirar.
 
Las manos que me torturaron, la boca que me maltrató, los ojos que sentenciaban, “de aquí no te mueves tú”.
 
Con una carrera en la media, uno de mis pañuelos, y algunas de mis pulseras, sopló hacia el polvo de arena, y dejó que volara bien lejos hacia fuera.

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