Tosía como si se fuera a morir, tras el segundo ataque la mujer que se sentó a su lado debió tener suficientes microbios para un viaje de menos de 10 minutos, se ganó la santidad cuando le ofreció un caramelo de menta.
El tosedor miro la mano y el caramelo, y cuando parecía que por fin se haría justicia en los autobuses de Madrid, la mujer se estornudó de lleno en la mano.
Todo esto no ha hecho más que reforzar mi fé en algo que está más allá de nuestra voluntad; el paracetamol.
Zenkiu
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