Si pudiera decir que me conozco como para dejar una palabra, para colgar una opinión, para argumentar palabras a favor o en contra de mi forma de actuar... mentiría, chiquillos y chiquillas, seriedad, estamos aquí para querernos y alabarnos.
Posible de los demás, pero de mi mismo, ni de coña.
No soy capaz de bajar o subir el volumen del audio del portátil sin dejarlo sordo o mudo, según se mire.
Que mal se me da opinar de mi mismo cuando el frente es un frontón con una respuesta a veces impalpable.
No estoy para tener una firmeza inquebrantable, tras las primeras desequilibradas oleadas vuelvo a mi tema favorito: "buena locura". Estuve cortándome con un filo peligroso, el de dejarse llevar, el de que todo da igual.
Si, braceando a leche viva, imaginando y poniéndole historia a todo, llegué a tener una claridad que ya quisiera cualquiera. Pienso que otra vez a que precio podría tenerla.
Fuera del agua, a mariposa, espaldeando y clavándole las yemas de los dedos a lo que hubiera que hundir, donde mis manos tuvieran que dejar de saber del mundo, sólo de aquella cosa.
Dejo los reposabrazos, los bordes de la mesa y en esos espacios entre cojínes todas las cosas que habría dejado salir y que ahora son gorriones cabreados, tierra seca que pide agua.
Hoy mismo antes de volver a casa tuve que aclarar que todo lo que tenía entre ceja y perfil no se parece nada a lo que puedo soltar desde pecho y manos. Nada
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