Perdí el sentido del gusto y pensé en la cantidad de veces en las que algo resultó realmente sabroso.
La sal, el limón, la carne pasada. Luego está el asunto de la verdura y la ensalada para tenerla en el centro de la mesa y no tocarla, pero: ¿y lo bien que me hace sentir?
Hablando de lo de bien: estuve en lo correcto, me equivoqué llevando la razón y muchísimas veces tuve que recular incluso sabiendo que aquello solo tenía sentido para hacerme sentir bien.
Entre ramas y piedras, aprisionado sobre aberturas metálicas. Sudé la gota gorda porque aquella puerta no se escapara de la puntera de la bota.
En los patios y aparcamientos públicos mugrientos no merecía la pena mirar la hora del tíquet.
Terminaba todo y fuera donde fuere el remate se encontraba entre nuestros labios.
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