Mi casa estaba como la última vez, con las persianas levantadas, en el mismo sitio, esperando un asalto a la nevera, una idea genial de madrugada, una carcajada y una desilusión.
Al teléfono me esperaba una mesa en lo que creía una pastelería de magdalenas con nombre vergonzoso para la Bella Easo, pues no, volvió el local a ser un bar, lo que funciona, funciona.
Calle arriba andé al son del sol de la justicia, joder que calor la virgen, qué de justicia derretida y qué de sol en libertad.
Decidí cambiarme de acera para rebotar en los adoquines entrantes para oh sorpresa!, topar con los rizos más comprensivos del barrio. Se quedó moderadamente regular, voy hipnotizado por una concesión del ayuntamiento, sugestionado por largos mechones de pelo negro y reposado por algún calmatín, no doy para más, lo aguanto bien con un empujoncito, no espero aplausos de nadie.
Unos minutos después crucé de nuevo hacia la parte de calle quemada por un incomprensible sol empeñado en putear mis pasos, no acertaba con la ruta libre de la tostadora del infierno.
En una parada de autobús una muchacha peinaba a otra diciendo: "..tía y cómo ahora venga el bus..", me la quedé mirando a los ojos señalando la dirección por donde debería llegar el autobús, que claro, en ese momento no pasaba por allí. Sus ojos sonrieron, eso creo.
Recordé que debía decirle a Sonicada las razones por las que próximamente no podría bajarle la mascarilla, dejamos en el aire un próximo momento, un par de frases una para cada lado. La sonrisa con extra de boya flotó por el paso de cebra, el aliento a mitad de bombona, y como a veces sucede antes de marcharme... en un primer momento apartó las manos para después cogerme flojito con dedos de cera por los hombros.
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