Una tarde de andar, oler agua estancada, saber que hay olores agradables pero intensos que pueden no gustar, y sin burlarme; conocer al fin el parecido entre un bulldog y un cerdo Vietnamita.
De vuelta al buen sentido y al cambio de andén, un muchacho le enseñaba a una muchacha un moratón en su brazo derecho. Ya dentro del tren perseguí a un caballero a lo largo de todo lo que daban de si los vagones para elegir el asiento que desde lejos ya creía mío.
Para terminar, miremos con alegría los momentos propicios. Recordemos aquello tan genial que disfrutamos porque nos ocurrió y aunque parezca simple, ¡qué leche, lo es!: pienso en lo mucho que me gustó como me dió las gracias la camarera del pelo rizado.
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