Ese momento en el que el camión vacío recoge el vidrio reciclado del contenedor lleno, a full; va y lo vierte, es brutal. Sea la hora que sea, el momento en el que ruge el cristal cayendo sin saber ni como ni dónde va, quiebra, llega a donde sea... te obliga a darte la vuelta.
Todo se amontona, algunos recipientes quedan intactos, otros convertidos en fragmentos por la violencia del proceso el peso y la caída, podrían terminar clavándose en algún sitio.
No tengo sitio ni lugar para eso, es que ni pensarlo. Cuanto más lejos mejor.
Hace mucho más poco tiempo del que parece, no había contenedores de manera permanente por la calle. De poco a este tiempo, me los encuentro en todos sitios, ¿me estarán invitando a entrar?, ¿a dejar de generar y arreglar lo que hago?.
Mucha paja mental noto por los aledaños. Nada de esto tiene que ver con los contenedores de la esquina, bueno, tiene que ver con la vez aquella en la que pasamos justos por allí. Ojo, aquí no hay drama, ahora paso solito.
Guardo imágenes furtivas de aquellos momentos y justo entonces lo más grande habría sido hacérselo ver a los demás; nada de egoísmo, lo habría hecho por felicidad, por tener el sol de cara (con lo que me jode). No estuve allí solo y lo apreciaba.
Poquito después, una vez que los camiones llenos y los contenedores vacíos dejaban las calles despejadas, fuera quizás para pensar en silencio o para comer fuerte y cagarse en los portales.
Esto va por barrios, como los momentos, las ganas y las fantasías medidas por las peleas con lo imposible y las ganas de que no fueran así.
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