Anoche llevaba las manos hasta arriba de pintura y mermelada.
La primera salada para una tostada, la segunda muy dulce para cualquier pincel, empalagosa le resultaría a la tela que fuera.
Se me antojó su cintura en el paso de cebra.
Coceò hasta que se me olvidó, hasta más allá del cruce con el parque, a la altura de la casa del muro granate.
En la fuente donde su pelo voló y me preguntó si así me gustaba.
Si así es como hacía las cosas.... me quedé mirando el agua cayendo y amigo, como nada sería ni podría ser lo mismo, continué con lo mío.
Conseguí que sus latigazos me dejaran en paz a lo largo de día. Por la noche escapaba de mi cabeza, y de poder hacer algo para que no me atormentara su vestido y esas maneras tan originales, tan de semáforo y tela verde.
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