Uno de los guantes tiró bien fuerte hasta la entrada del Palacio de la Prensa, paró en un recoveco y se giró; hacía tiempo que no recibía un estímulo tán sugerente en un lugar tan particular.
El tránsito por la zona, infernal, los gritos de la gente, constantes y a veces con sentido, hacia frío, y el chico a su espalda nos regaló un par de caladas que curiosamente nos sacaron una sonrisa, desde luego hay cosas que no pueden desligarse.
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