Una tarde compartimos una mesa en un sitio muy cool. El sitio y la copa se quedaron en nada frente a compartir, mirarla a los ojos, escuchar sus cosas, comentarios y como de alguna manera buscábamos pelea sin decirlo.
Mucho, pero mucho después de la última vez, las sábanas nos tapaban bajo la misma madrugada, por un instante pensé que me podría quedar besando su boca sin recibir ni dar ningún otro tipo de placer, recibí el que para mi considero mejor regalo cuando lo más intimo fue suyo también; las palabras al amanecer y sus manos en mi pecho.
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