Encender la luz por la mañana, es necesario para que todo comience de la mejor manera posible, así evitamos subir al autobús con una persiana entre los dientes.
Los imprevistos haciendo honor a su nombre, van a su manera, sin avisar, habitualmente de improviso, los hace deliciosos y antipáticos, la ocasión y el desenlace darán pie a una consideración u otra.
Trataremos de relacionar todo lo anterior; la luz en el camino y el imparable y nunca conocido destino.
Muy bien, se encendió una luz que referenció la mayoría de mis pasos desde aquel momento, un agujero espacio-temporal que puso un paréntesis entre todo lo que me afecta y yo mismo, el consejo profesional al respecto recomienda calma y química comprimida; como si no estuviera ya lo suficientemente al borde. Por otro lado el sentido común apartó la primera opción y puso un poco de calma en todo esto, un poco de calma a modo de cinco minutos, justitos más bien.
Quiero recordar la calle Barceló, como apenas logré llegar al final, desorientado y con poca conciencia, seducido, siguiendo la luz.
Para el final, un pulsador, el que apaga la luz, es muy recomendable estar preparado y elegir uno mismo el momento, en manos ajenas y de otro discurrir, el drama y los demonios están servidos y rebién repartidos por el pasillo.
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